Tierra tan sólo. Tierra.
Tierra para los manteles estremecidos,
para la pupila viciosa de nube,
para las heridas recientes y el húmedo pensamiento.
Tierra para todo lo que huye de la Tierra.
—Federico García Lorca
Y entre más nos quede claro que dicha cicatriz no es más herida, sino carne sobre nuestra
propia carne que nunca se regenerará –y allí donde digo carne puedo decir recuerdo o
memoria–, más proclives seremos al bienestar, por así decirlo, histórico, ya sea emocional o racional.
—David Miklos
Paloma de la Cruz (Málaga, España, 1991) trabaja la cerámica como una exploración del cuerpo, la tierra y el territorio: un acto simbólico y político para conectar “cuerpo con lugar”. La arcilla —materia vital y ancestral— deviene cuerpo, memoria y paisaje; soporte de lo íntimo y lo colectivo. En sus piezas, el barro no solo recuerda su origen terrestre, sino que actúa como refugio, escudo y, quizá, prisión.

Las piezas —mantas de barro, celosías porosas, ensamblajes fragmentarios— convierten lo material en archivo emocional. En ellas, la cerámica se vuelve una extensión del cuerpo: un tejido de memoria que vincula lo doméstico con lo ritual, lo personal con lo histórico. Sus formas, inspiradas en encajes, textiles y azulejos andaluces, no son ornamentos aislados, sino signos culturales compartidos; referencias a lo femenino, lo ancestral, lo familiar. Al rescatar motivos específicos de fuerte carga simbólica —como la trama de un camisón naranja confeccionado por su abuela o elementos florales populares tomados de ropa, cortinas y manteles encontrados— la artista articula un lenguaje escultórico que tiende puentes hacia aquello primigenio que nos conecta a nivel colectivo. ¿Qué nos hace humanos? ¿Qué vínculo indisoluble existe entre cuerpo y tierra?

A nivel formal, De la Cruz retoma estos motivos personales para hablar de la piel-carne como una frontera resiliente y permeable, fuerte pero delicada, que funciona a la vez como armadura y hogar. Una piel imperfecta, compuesta por piezas interconectadas, como quien intenta reordenar las historias que ha recibido y resignificar el bagaje identitario que le ha sido impuesto. De ahí que no resulte casual la resonancia de su obra con la figura de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada: deidad de la cosmogonía mexica que simboliza la unión entre tierra y cielo. El poder transformador del cambio de piel como estrategia de resiliencia, protección y vulnerabilidad resuena en sus armaduras hechas de escamas, en sus mantas tejidas a mano o en sus estructuras permeables que dejan ver lo que no está. Piezas que conforman otras piezas para invadir o habitar espacios, mezclando tradición y simbolismo personal o local, y hablando de temas que trascienden la identidad individual para tocar lo esencialmente humano.

No son rompecabezas porque no encajan perfectamente: su ensamblaje es preciso, pero no exacto. Cuidadoso pero firme, como quien cose una herida sin ocultarla, con el propósito de sanarla.

Cada obra de esta muestra explora la conexión entre la ornamentación y la memoria de lo doméstico familiar. La referencia a “lo andaluz” no es mero fondo decorativo, sino un cuerpo vivo cargado de sentido cultural y emocional, personal pero reconocible en otras culturas. Desde el uso de flores y tramas decorativas locales hasta la alusión al alicatado andaluz —que en México llamamos azulejos y forma parte de nuestra cultura desde la época colonial— De la Cruz entrecruza lo íntimo y lo común como parte de una identidad en constante construcción y transformación.

Ensartar fragmentos para recomponer relatos, sostener el recuerdo y tender puentes entre: lo ancestral y lo contemporáneo, la fortaleza y la vulnerabilidad, lo íntimo y lo compartido, la ausencia y la permanencia. Reordenar como acto poético y político para sanar sin borrar las cicatrices, como un tejido visible y poroso que honra las ausencias presentes.

Entre lo textil y lo escultórico, lo femenino y lo primitivo, Paloma de la Cruz construye paisajes donde cuerpo, territorio y memoria se entretejen como testimonio vivo, poroso y resistente. En cada fragmento y en cada unión —robusta y delicada— habita la posibilidad latente de transformación, incluso desde la quietud, la solidez o el aparente congelamiento.
Tania Ragasol