MORE MOIRÉ, CRUCE DE CAMINOS

TEJER EN EL SILENCIO
Pablo Armesto

Silencio, instante fugaz en que se suspende la vorágine sonora de la existencia; palabra que como metáfora auditiva nos remite a los momentos más íntimos de contemplación, de reflexión y de ensimismamiento. Silencio, la sensación misteriosa de que tiempo y espacio se suspenden y dejan entrever una dimensión metafísica, espiritual, poética, incluso erótica; la paz angustiante en la que, sentadas, las diosas antiguas devanan los hilos de la vida y tejen la trama del tiempo y de la vida. Silencio, la palabra oscura que todavía no es dicha pero que, latente, espera ser pronunciada; las cuerdas de un arpa que aguardan ser rasgadas para trazar en el tiempo las líneas vibrantes, sonidos disonantes y consonantes que han de dar forma a la poesía musical. Silencio, la penumbra del espacio donde los rayos de luz permiten aparecer, ante los ojos, la trama de formas, colores y texturas de un mundo que se sigue antojando profundamente desconocido. Creación, el momento silencioso en que el artista vislumbra formas que aún no son en el espacio, dibuja líneas en el vacío, entona cantos en las entrañas y murmura, finalmente, palabras que emanan del corazón y del pensamiento.

Como en la poesía antigua, donde los saberes se anudaban en la urdimbre del arte, Pablo Armesto teje en sus obras las formas de un mundo intermedio entre la fantasía íntima y la realidad manifiesta. Piezas que, de manera escultórica, invaden el espacio; pero que son herederas de la pintura que reclamó emanciparse de los soportes bidimensionales y desafiante reclamó volumen. En cada marco se entreabre un vano en el que irrumpen filamentos entramados que asemejan un caos ordenado. Sea por efecto de la luz guiada intencionalmente, el movimiento dancístico de los hilos, la superposición de las capas de tejido y los matices complementarios de las sombras, en la intersección de tramas y urdimbres emergen formas que, silenciosas, aguardaban en la potencia del vacío para ser descubiertas por la fantasía creativa. Cada obra es una invitación a suspender el tiempo y mirar detenidamente en el espacio el entrecruce de los planos, de las ondas, de la energía. Sólo en la oscuridad del silencio, la luz blanca como gran matrona, y los colores, sus hijos, son energía transformada en materia artística para bordar siluetas intangibles pero existentes.

Metales, plásticos, vidrio, energía eléctrica… Materiales industriales de nuestro presente son los recursos con que Armesto muestra realidades invisibles pero posibles gracias a la sensibilidad, la intuición y la imaginación. Sus obras son un pliegue en donde conviven los opuestos y complementarios verbos del ser y el existir, el mostrarse y el ocultarse, el aparecer y el desaparecer, el vivir y el morir, el devenir constante en el tiempo. Cada pieza es un umbral por donde nos asomamos a universos posibles, puentes que anudan dimensiones de sensación, percepción y representación. Lo que no era, está y se manifiesta, aparece líricamente como versos lumínicos que se inscriben bordados en la vacuidad, en el silencio, en las tinieblas: ahí donde no hay palabra, donde nada se había enunciado, donde nada había sido visto.

En la exploración sonora, se había explorado la potencia del silencio. Cuatro minutos y treinta y tres segundos de un violín sin pronunciar palabra alguna. Los murmullos, los accidentes, una sala de concierto repleta de respiraciones contenidas y expectación por lo que se pudiese suscitar. Escuchar la fugacidad de la existencia, del aquí y del ahora. Armesto interroga los planos y las esferas en que habitamos, en las que creemos y las que vemos. Ilusiones ópticas que revelan un plano que atraviesa el presente y aquello que llamamos “realidad”. La energía es probablemente aquello real que existe y que es más cambiante; ha despertado las más insospechadas teorías de mundos culturales yuxtapuestos: como luz y como color Armesto la convirtió en la mejor manera de habitar el espacio, de ver lo invisible y de recordar que ahí donde vemos blanco, es polícromo; y que donde no se escucha nada, hay un concierto polifónico de posibilidades que vibra por nacer. El arte da vida a aquello que todavía no era, y que es, que cobra forma y que sigue en constante transformación. Silencio tejido.

Abraham Villavicencio

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