“El instante vertical”

Como una inmediata aproximación a la propuesta de Víctor López-Rúa para movernos en terreno sólido desde el comienzo es obligado aclarar que su significado gira alrededor de la pintura, en concreto, de la posición de la pintura representacional hoy; de lo que puede llegar a ser dentro de este planeta convulso del Arte Contemporáneo y de su singular comunicación con el espectador.

A continuación, también es necesario indicar que López-Rúa desarrolla dos caminos independientes para llegar al todo de su comprensión: ambos procesos tienen dos objetivos distintos pero que convergen, finalmente, en provocar una mirada diferente, en producir un nuevo modo de transmisión, un original momento de unión en el que el tiempo se detiene, se queda en suspenso el correr de los minutos y el espectador profundiza en el instante, se abisma en él: es el Instante Vertical; un tiempo alumbrado por la imagen que como una lanza de sabor dulce nos perfora y nos retiene en la maravilla.

Así, desde la parte formal y mecánica, el artista español cuenta con una original sintaxis, un método innovador e inédito de comunicarse con el público a través de la pintura y el video: la Pintura Estereoscópica; una instalación donde se nos bombardea conceptualmente y cuyo fin es desencadenar en el visitante un examen profundo acerca de la pintura como medio específico, de su relación con la tecnología audiovisual y con la ciencia; pero también, la elucubración sobre la impronta de la materialidad de la imagen, de su fisicidad, sobre la intermediación del cerebro y los límites de la visión…

 

 Además, la tecnología acompaña la génesis de todas las obras desde el primer paso, tanto en la parte estereográfica como en la parte bidimensional, pues en esta, López-Rúa, a partir del natural, va transformando la imagen desde un punto de vista plástico y de escala por medio de proyecciones.

Pero aún hay más, porque desde una perspectiva conceptual, el artista dispone también de una doble vía para interpelar al espectador: primero, la reflexión, ante el dispositivo óptico, que provoca la confrontación entre lo que podemos entender como la última tecnología audiovisual -el 3D- la ciencia estereoscópica de 1830 y la pintura tradicional.

 

Y, por otro lado, está el propio mensaje dentro de las obras, la temática, la tesis que se presenta al público y que le interroga sobre diversos aspectos que van desde la posición del paisaje en el arte actual hasta la violencia doméstica. Y todo ello en una constante dialéctica con la literatura, el cine y la historia del arte.

En definitiva, esta es una exposición de enorme versatilidad, transversal en sus múltiples significados y que conecta con lo que es la médula del arte: su poder para asombrar y, a la vez, su colosal potencia especulativa.

 

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