Poesía quimera
Toda pintura es una superficie de inscripción.
No hay obra original, sólo declinaciones de agenciamientos colectivos –valores, conceptos, ideas, afectos y sensaciones– que rondan el imaginario en el que surge. El hecho de que no haya originalidad, no implica que no haya inscripción. La inscripción es una reescritura, una performática, una modalidad singular del agenciamiento del artista sobre la materia y en el mundo.
Hay ocasiones en que la inscripción puede ser tan rotunda como para afectar su propio punto de partida. Un ejemplo es el mingitorio –La fuente, 1917– de Duchamp, cuyo desplazamiento de la fábrica al espacio de exhibición transfiguró su valor y nuestro entendimiento de que el objeto artístico no sólo es una manualidad técnica, sino también una operación conceptual y libidinal.

Poesía Quimera inició con una conversación entre el artista y Alejandra Tena, quien ha acompañado su trabajo en diversas ocasiones y quien funge como curadora de esta exposición en colaboración con galería Proyecto H. Juntos decidieron que la muestra se centraría en la revisión del archivo de las inscripciones que el artista ha recolectado durante su deambular por distintas ciudades de México. Sin embargo, en esta ocasión no se trata de una experimentación sobre el palimpsesto o el traslado del objeto-imagen de la calle a la galería (ready-made), sino sobre la conjunción entre vida cotidiana y producción de imagen, específicamente la imagen publicitaria.
A partir de la deriva, la caminata y el registro, Turón reúne las formas publicitarias –plano-contraplano, close-up, armonía en el color, gestualidad codificada, seducción, cumplimiento de un ideal– con desviaciones de frases que dan cuenta de sentimientos y emociones que culturalmente compartimos. En un entrecruzamiento entre la perturbación surrealista y la psicogeografía situacionista, la transfiguración del valor sucede en el ensamblaje. En la quimera que surge al conectar las oraciones que emocionalmente constituyen nuestro deseo con las estrategias que tiene la publicidad para vehiculizarlas. Ya sea poniendo énfasis en la imagen o en el texto, las pinturas revelan cómo no sólo no hay obras originales, tampoco hay emociones originales.

El fondo es rosa poesía. Marco apolíneo que sostiene la fantasía del ideal del yo, de eso que sentimos tan personal y propio: por lo que reímos, lloramos, nos condolemos y gritamos. Rosa-educación sentimental que hace pasar por natural lo que en realidad es propagado desde departamentos de diseño, sean estos la familia, el cine, el arte contemporáneo o una agencia publicitaria.
Si bien todas estas instituciones están encargadas de actualizar y distribuir los fantasmas, fetiches, imágenes y campos de acción de nuestros deseos, poner el énfasis en la quimera, permite no moralizar la operación para así detenernos en las junturas, pegamentos y coseduras –casi siempre invisibles– que hacen que un montaje pueda dar la ilusión de una forma completa: estable y sin fugas.

Un elemento más que caracteriza a esta poesía es su sentido del humor. Lejos estamos de pensar en la quimera como una desilusión que nos llevaría a un binarismo en el que tendríamos que decidir entre ser o no ser. Aquí, más bien, nos reímos en colectivo de nuestra propia monstruosidad. Entre dolores aciditos, anécdotas personales y risas plenas aunque incómodas, reconocemos que la frase más cliché refleja una historia personal que quizá ya hasta tuvo un punto final.
Sandra Sánchez, primavera de 2025